Hay una conversación que mucha gente tiene consigo misma, en silencio, hace años.
"Quiero salir del mundo corporativo. Pero no puedo."
No porque no tengan las ganas. Las tienen. No porque no tengan la capacidad. La tienen de sobra. Sino porque el costo de salir parece demasiado alto. El sueldo, la obra social, el aguinaldo, la estabilidad. Y algo más difícil de nombrar: la identidad. ¿Quién sos cuando dejás de ser "el gerente de", "la directora de", "el responsable de"?
Y en el medio de ese ruido interno, los años pasan. Especialmente después de los 45, cuando la experiencia está en su punto más alto, pero la ventana para hacer algo propio parece que se va cerrando.
Diego pasó toda su vida profesional en empresas grandes. Tuvo puestos regionales, vivió en otros países, se movió donde el trabajo lo llevaba. En tecnología, ese era el ritmo normal.
Pero tenía un sueño que nunca había podido concretar: hacer lo mismo por su cuen...
Hace unos días me reuní por primera vez con una cliente que quiere una carrera independiente. "Me cuesta pensar en cambiar porque no tengo ninguna seguridad de que me va a ir bien", me dijo. “Leí tu eBook sobre encontrar la idea de negocios y estuve hablando con algunos clientes potenciales, pero nadie me llamó todavía”.
“Ya te van a llamar cuando estés lista”, le respondí. Estoy muy segura. Porque lo único que le está faltando a mi cliente es la decisión real de querer cambiar.
Sucede que frente a la opción de quedarse en una carrera construida en una organización durante más de dos décadas, o dar un salto hacia lo desconocido aunque represente una vida mejor, es muy probable que la primera opción sea la que gane. Mi cliente todavía no está en “modo autónomo”. Eso es evidente para mí sólo con conversar con ella.
Si se queda donde está: