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Entregar más de la cuenta no es negocio.

Hacer mejor las cosas es algo que te va a ayudar en tu carrera, en tu reputación y en tu negocio. Pero, hacerlo bien no es lo mismo que hacerlo demasiado. ¿Sos de las que trabajan más, aunque te paguen lo mismo?

¿De las que chequean sus mails a las 2 de la mañana porque te da miedo perderte algo importante? O quizá estés en el grupo de las que agarran el trabajo de los demás cuando ven que no lo terminan. O pará, pará... ya sé. Sos de esas que cobran menos porque te da miedo que al otro no le caiga bien el presupuesto que le pasás.

Si te sentiste identificada, ¡bienvenida al club!

Hablando hoy con una amiga que es astróloga, me contó que algunas veces sus clientes se quedan más de cuatro horas. ¡Cuatro horas! Es el tiempo que lleva volar desde Londres a Estambul. ¡Se puede cruzar un continente en cuatro horas!

Lo peor de todo es que no se quedan porque ella quiere, sino porque no sabe cómo hacer para que se vayan. Se instalan, le cuentan toda su vida, y no se van más.

Esta manía de hacer más que lo que tenemos que hacer es muy femenina. Algunos hombres también la tienen, por supuesto, pero generalmente la veo más en mujeres que en hombres.

Y lo cuento desde mí. Igual que hago siempre. Porque también lo padecí, y algunas veces aún lo padezco. Algo adentro mío me dice que todavía no está del todo bien, que podría hacerlo mejor. Tiene mucho que ver con la suficiencia, pero va incluso más allá de eso.

¿Te intriga? ¡Qué bien! Vamos por buen camino entonces.

Empecemos por el principio.

 

Cómo romper el ciclo

Antes que nada, lo más importante: te estás sub-valorando. Y además, vas derecho a enfermarte. Nadie puede operar en modo de sobre exigencia todo el tiempo. Eso te va a llevar a lo que en psicología se llama burn-out que es, básicamente, que te quede la cabeza quemada (por decirlo en criollo).

Si ya estás en modo "lo-doy-todo", no es tan fácil romper el ciclo. Pero se puede. Y acá te voy a dar algunos pro-tips para lograrlo:

1. Enfrentate a tus miedos

Cuando una y otra vez hacemos más de lo que tenemos que hacer hay una emoción detrás: miedo.

Y no, no hablo del miedo que te da ver una peli de terror, o del pánico que te da abrir el mail con el resumen de la tarjeta de crédito. Hablo de otro miedo. De ese que viene en un cocktail donde además se mezcla con ansiedad e inseguridad.

Cuando el miedo es el capitán de tu conducta, no sale nada bueno de ahí.

"No me puedo ir de vacaciones, a ver si dan cuenta que no soy imprescindible y me reemplazan. Mejor me llevo el teléfono y la compu conmigo a la arena de la playa, así puedo chequear mails durante todo el día y cualquier cosa me conecto un rato". Divino.

"Voy a hacerle un descuento a mi cliente en este presupuesto, porque quizá piensa que no valgo lo que le estoy cobrando y la próxima contrata a otro". Ah, mirá vos.

"Me quedo trabajando hasta la medianoche en esto mientras mi novio me espera hace dos horas en el bar de enfrente, porque este trabajo es super importante y tengo que terminarlo ya, porque si no lo hago y lo hace otro puede ser que lo haga mejor, e incluso mi jefe se puede enojar". Esta última soy yo hace 20 años. Una maraña de excusas.

Nos pasa a todas. Quizá no lo declaremos así, pero en algún lugar lo tenemos guardado. Posiblemente lo camufles con la idea de ser imprescindible, irreemplazable, única en algunos casos. O con no ser suficientemente buena, capaz, inteligente, linda, en otros. Son las dos caras de una misma moneda.

En el fondo, esos pensamientos nacen del miedo. Y lo mejor que podés hacer es enfrentarlos, evaluar si son reales o irreales, entender contra qué estándar te estás comparando y buscar opciones para resolverlos. 

Si dejás los miedos ahí como están y no les prestás atención, a la larga van a afectar tu trabajo y toda tu vida.

2. Afirmá lo que valés

Mucha gente es mucho más valiosa de lo que realmente cree. Mucha. Es muy probable que vos también estés en ese grupo. 

¿No tenés idea de si sos valiosa o no? Acá va una sugerencia.

  • Hacé una lista de todas las cosas que hacés durante el día, durante el mes, durante el año.
  • Lo que hacés por tu jefe, tus clientes, tu familia, tus amigos, por los demás en general.
  • Los grandes logros de tu vida durante los últimos 24 meses.
  • Las cualidades que aportás al mundo cada día, que pueden ser curiosidad, entusiasmo, fé en Dios, amistad incondicional, compañerismo, solidaridad, etc.

¿Terminaste? Mirá toda esa lista. Esa sos vos. Eso es lo que vos representás para el mundo, para tu familia, para tus clientes o en tu trabajo. Todo eso es lo que aportás.

Pensá en todo. Te aseguro que lo que hacés va a seguir siendo igual de valioso aunque vos bajes un cambio y empieces a cuidar cuánto das de vos misma en cada cosa que hacés.

Y acá viene la mejor parte. Es muy posible que incluso sea mucho mejor no sólo para vos sino para todos. Porque cuidarte va a impactar en tu relación con los que te rodean. No es igual una mamá agotada después de un día de haberlo dado todo y que encima tiene que cocinar, que una mamá que puso límites de dar hasta dónde realmente podía durante el día, y que llega a la casa con ganas de hablar con sus hijos. Y ni te cuento si encima se animó a pedir ayuda y la cena la hizo el marido.

3. Aprendé a quererte

Y acá viene la revelación. La razón por la que te da miedo decepcionar a alguien es porque vos esperás que ellos te hagan sentir sentir querida, o que valés, o que sos lo suficientemente buena. Elegí la opción que quieras, es una de esas tres.

En algún momento de tu vida pensaste que para que te quisieran tenías que ser de cierta manera, o que tenías que actuar de determinada forma, o que tenías que hacer algo. Porque si decepcionabas a alguien, había consecuencias malas para vos, o esa persona o te quitaba su cariño.

Proyectando eso al hoy, no querés hacer nada que incomode a nadie porque te va a causar ese mismo dolor que sentiste alguna vez, y estás dispuesta a hacer lo que sea para que no se repita.

La única manera de parar este mecanismo es queriéndote más. Así vas a parar de buscar la aceptación del afuera.

4. Declará que no sabés

Uno de los males modernos es que cuando no sabemos, no nos gusta decir que no sabemos. Está mal visto no saber algo en una empresa, por algún extraño motivo. Lo veo todos los días. Y acá es al revés, a los hombres parecería que les cuesta más que a las mujeres.

Sin embargo, también nos pasa. Y decir que no sabemos no sólo nos abre a la oportunidad de aprender (¡ni más ni menos!), sino que también nos permite ganar tiempo y nos ayuda a setear las expectativas del otro.

¿Tu cliente te hizo una pregunta sobre algo y no sabés qué responder? En vez de querer convertirte en la Mujer Maravilla, guardá tus superpoderes, ponete el lazo de la verdad a vos misma y declará que no sabés. Y ofrecele una solución alternativa, como buscar otras opciones, asociarte con alguien, o derivarlo a otro lugar.

No dejes que el no saber te haga hacer el doble. Porque está perfecto aprender algo nuevo, sobre todo si es algo que te interesa. Pero a veces el no saber viene acompañado del no ser suficiente y querer hacerlo mejor, y ahí es cuando la fórmula se hace tóxica para vos.

5. Poné límites

Hay una palabra mágica para poner límites. Tan mágica que tiene un montón de fuerza en sólo dos letras: "NO".

¿Te piden que te quedes hasta más tarde para terminar un reporte? No. ¿Un cliente suspendió su consulta a último momento y no te quiere pagar? No. ¿Vino alguien sin avisar? No. ¿Te piden plata y no querés prestar? No, no y no.

"No" es una declaración con mala prensa. Nos resulta mucho más fácil decir que sí que decir que no. De nuevo, se asocia a que no nos van a querer, porque cuando somos chicos y nos encaprichamos y decimos que no, en general no ganamos.

Pero el no adulto es un no poderoso. Es un no que detiene al otro, que lo para en seco y te genera un espacio para re acomodarte.

Tengo una amiga, Evangelina, que admiro porque es buenísima para decir que no. Si no tiene ganas de ir a una reunión de amigas, llama y dice que no va porque tiene fiaca. No inventa excusas, como que los chicos están enfermos o que tiene mucho trabajo. Dice que no porque no tiene ganas, y lo hace con tanta integridad que a nadie se le ocurre siquiera pensar nada más allá del no. Nadie le insiste tampoco, porque es consistente. Cuando dice que no, es no.

Recuperemos el no. Abracemos el no. Tengamos a mano el no cuando hace falta. Convertite en experta en decir que no. Porque está bien decir que no. No, no y no.

 

Ya tenés un arsenal de herramientas para recuperar tu vida hacer lo que tenés que hacer, sin morir en el intento. ¿Cuándo vas a empezar a ponerlo en práctica? Te sugiero que ya mismo. 

Y si en un tiempo ves que aún seguís luchando contra el patrón de hacer más de la cuenta, no dejes de consultar un coach. Yo te puedo acompañar en ese proceso.

Vos hacés un montón por el mundo, y te merecés sentirte bien por todo lo que hacés. Sin hacer más de la cuenta.

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